“Mi alma espera a Jehová, mi ayuda y mi escudo es Él” (Salmos 33:20)

Spafford, fue un hombre conocido como un devoto cristiano, se desempeñó como abogado y administrador, estaba  casado y era padre de cinco hijos: cuatro niñas y un niño, el cual perdió en el año 1871.  Poco años después fue invitado por el evangelista Moody a ir a Inglaterra, el señor Spafford decidió apoyarle y acompañarle junto con su esposa y sus cuatro hijas. Se dice que por razones de trabajo, Spafford no pudo viajar a Inglaterra en ese momento  y envió adelante a su esposa y sus hijas, prometiéndole unirseles días después.

A medio camino de su viaje trasatlántico, el “ville du Havre” donde viajaba la Sra. Spafford y sus cuatro hijas, fue golpeado  por un barco más grande y en cuestiones de minutos se había hundido. 226 personas murieron ese trágico día, entre ellas las cuatro hijas de Horacio Spafford, quedando con vida su esposa. Desde el puerto, la Sra. Spafford envió un mensaje a su esposo que decía: “salva sola”,  Inmediatamente el señor Spafford se embarcó hacia Inglaterra para unirse a su esposa, cuando Spafford iba pasando aproximadamente por el lugar donde sus hijas se habían ahogado, su corazón quebrantado, pero su fe inquebrantable en la bondad de Dios, le inspiró a decir: “Mi alma está bien”

Esta historia, me recuerda mucho a la de la mujer sunamita, que la Biblia nos relata en 2Reyes 4. Una mujer que tenía una buena posición social, casada con un hombre que trabajaba fuerte para llevar las cosas básicas a su hogar, una mujer hospitalaria, a tal punto que su esposo y ella decidieron construir un cuarto para el profeta Eliseo, para que cada vez que el profeta llegara a Sunem, tuviera un lugar caliente donde quedarse.

Un día dijo Eliseo a su criado: “Esta mujer ha sido solícita con nosotros y se ha esmerado en servirnos. ¿Qué haremos con ella?” y el siervo de Eliseo contestó: “Ella no tiene hijos y su marido ya es viejo”. Por lo que Eliseo manda a llamar a la mujer y le da una palabra: “De aquí a un año abrazarás a un hijo”. La mujer creía que el profeta Eliseo se estaba burlando de ella. Pero tal y como Eliseo lo dijo así se cumplió. Un año después la mujer estaba dando a luz un varón.

Luego que el niño creció, y estando en el campo con su padre, empezó a quejarse de un dolor: “¡Ay, mi cabeza, mi cabeza!”  llevándoselo a su madre, esta se lo sentó en sus rodillas y  ya al mediodía el niño había muerto.  La madre lo puso sobre la cama del profeta Eliseo y tomando un asna y un criado, tomó el rumbo a buscar al profeta.

Eliseo vio llegar a la mujer de largo, y mandó a su criado a que la encontrara y preguntarle: “¿Te va bien a ti? ¿Le va bien a tu marido y a tu hijo?” y he aquí las palabras célebres de la mujer en respuesta a las preguntas: Y ella dijo: “TODO BIEN”

¿Cómo una mujer que acaba de dejar a su hijo, sú único hijo, muerto en una cama, puede contestar: “Todo está bien”? La respuesta de esta mujer expresan una fe inalterable en la providencia predominante de Dios. Incluso, con la muerte de su hijo, ella pudo decir: “Todo está bien”.

Quizás hoy, tú no hayas perdido un hijo, o quizás si, quizás estés pasando otro tipo de situación, y hayas perdido otras cosas en tu vida, o estés atravesando el valle de la muerte, -como dijo el salmista-, o tu situación no es la mejor que tú hayas pensado vivir. Tal vez son momentos difíciles para ti, donde te agobia la desesperación y el no saber qué hacer. Pero en medio de tu situación o circunstancia, ¿puedes decir igual que la sunamita “Todo está bien”? o  ¿igual que el señor Spafford al perder a sus hijas: “Mi alma tiene paz y estoy bien con mi Dios?

Es mi oración que cualquiera que sea tu necesidad, tu dolor, tu tristeza, tu angustia o tu deseperación, que puedas encontrar la paz de tu alma en Dios tu creador, quien siempre tiene todo bajo su mano y su cuidado. Que las palabras de la sunamita hagan eco en tu corazón, y aunque muchas cosas que quisiste haber deseado que no murieran, ya murieron, puedas decir: “no importa, cualquiera que sea mi situación, estoy bien con mi Dios y mi alma tiene paz”.

No olvides que el Señor  comprende tus luchas y tu afán y Su sangre obrará en tu favor, estarás bien, porque con Dios todo está bien.